En un escenario donde la inteligencia artificial redefine la forma en que producimos, trabajamos y hasta nos comunicamos, Alejandro Zuzenberg —ex Google, ex Facebook y hoy cofundador de Botmaker— plantea una idea tan provocadora como evidente: “Uno se transforma en las cosas que hace, y las cosas que hace también lo transforman”. Tras años creando tecnologías conversacionales, admite que su propio lenguaje ya fue moldeado por los robots con los que trabaja. Y no se trata de una exageración: sostiene que los humanos empezamos a hablar como las máquinas para que nos entiendan… y luego mantenemos ese estilo entre nosotros.
Google le enseñó a pensar en escalas descomunales: miles de millones de usuarios, interacciones y operaciones. Una cultura que él define como una “jaula de oro”, difícil de abandonar por el nivel de estímulo, recursos y ambición global. Tras pasar a Facebook, decidió finalmente emprender. El disparador fue simple: en América Latina abrimos WhatsApp 29 días por mes, es el hábito digital dominante, pero las empresas no tenían manera de participar en esa conversación. “Ya vi la rueda girar. En vez de esperar que alguien lo hiciera, dijimos: hagámoslo nosotros”, recuerda.
Así nació Botmaker, hoy una de las plataformas de IA conversacional más importantes de la región, pionera en integrar modelos como ChatGPT para automatizar millones de interacciones por día entre empresas, gobiernos y usuarios. En los inicios, cuando Messenger no tenía APIs, Zuzenberg y su socio simularon teclados y mouses virtuales para que un robot pudiera escribir como si fuera una persona. Meses después se transformaron en la primera empresa argentina con acceso oficial al API de WhatsApp.
Más allá de la técnica, Zuzenberg insiste en el factor humano. Afirma que el miedo a la inteligencia artificial es entendible pero mal orientado: la demanda de profesionales que sepan usar herramientas como ChatGPT supera ampliamente a la oferta. “No hablo de programar, hablo de saber usar. Eso ya es una ventaja enorme”, afirma. En Botmaker, uno de los roles más buscados hoy es el diseñador conversacional —o, en su evolución, “agent developer”—, encargado de construir agentes autónomos capaces de tomar decisiones y resolver tareas complejas.
Su mirada del futuro combina preocupación y optimismo. Según Zuzenberg, hablar con un humano será cada vez más un servicio premium, reservado para situaciones donde el valor emocional o estratégico lo justifique. Pero advierte que la automatización masiva dejará un “hueco social” que ninguna interfaz puede llenar: “Vivimos para conectarnos entre nosotros”. El aislamiento —potenciado por dispositivos permanentes como auriculares— es un riesgo real, pero también una oportunidad para recuperar el tiempo humano que hoy consumen tareas repetitivas.
Sobre los riesgos éticos —bots que se hacen pasar por personas, identidades digitales falsas, contenidos generados por IA que confunden a la sociedad—, Zuzenberg reconoce el peligro, pero confía en que la tecnología también traerá la solución. Para él, herramientas como blockchain serán claves para certificar qué contenido fue generado por humanos y cuál por sistemas automatizados.
Mirando hacia adelante, Zuzenberg imagina un futuro inmediato donde cada persona tendrá sus propios agentes personales para gestionar tareas, coordinar agendas y mediar con el mundo. “Habla con mi agente” será una frase tan natural como hoy “mandame un WhatsApp”. De hecho, en Botmaker ya definieron un objetivo para 2026: cada empleado deberá contar con al menos tres agentes trabajando para él.
La charla con Alejandro Zuzenberg deja una conclusión clara: el futuro no espera a nadie. La ventaja competitiva no será la ingeniería sino la capacidad de aprender, adaptarse y, sobre todo, mantener una visión profundamente humana en un mundo cada vez más automatizado. “Nunca hubo tanta oportunidad como ahora”, afirma. Un llamado directo a emprender, innovar y no mirar desde afuera cómo la rueda tecnológica sigue girando.